martes, 14 de diciembre de 2010

Breeze no sabe robar.

El chico era algo mayor, pero Breeze sabía que no debía pasar los veinte años. Parecía uno de esos estudiantes que vivían en las zonas menos pobres del barrio. Pero era extranjero, porque mientras le observaba le escuchó hablar en otro idioma.
En cuanto Breeze le vio entrar en un grupo de gente se dijo que era su momento. Con tanta gente alrededor le costaría un poco más pillarla.
Pero en cuanto deslizó su mano en el bolsillo...

— ¿Intentas robarme, mocosa?

Breeze profirió un pequeño grito de impresión.

Era temporada alta y las carteras estaban tan gordas como sus dueños. El hombre del puerto le había dicho a Breeze que si quería algo de chocolate, como los demás niños, tendría que traerle muchas de éstas. Contra más llenas estuviesen, más dulces le daría.
Breeze era rápida y escurridiza en las huidas, pero no era demasiado ágil a la hora de meter la mano sin llamar la atención en bolsillos ajenos.
Intentó decir algo, pero el chico ya la había soltado y se estaba yendo.

— No vuelvas a hacerlo, te acabará pillando alguien con peor genio que yo.

El chico era rubio y de espalda ancha. Con la mirada un poco ausente y la mandíbula marcada. A Breeze le gustó.

— Eres demasiado guapo para estar en un sitio como este.

El joven se giró, aguantándose la risa.

— Y tú demasiado pequeña y nadie te dice nada.
— Mi madre dice que los chicos guapos no necesitan sus servicios.
— Yo no he dicho que haya venido buscando los servicios de una puta, enana.

Y sin decir nada más, el joven se subió a una moto y se marchó de allí. Breeze no quería que se fuese.