Breeze asintió, pesarosa. Sabía que no era especialmente hábil, sospechaba que el hombre solía darle más dulces de los que merecía por pura compasión. No le gustaba la compasión, no quería dar lastima. Deseaba demostrarle a él y a los otros niños que se burlaban de ella, que era capaz de hacerlo. Capaz de robar con éxito y ser merecedora de muchos caramelos y dulces.
— Bueno, no te preocupes —el hombre separó las piernas y le ofreció sentarse en una de sus rodillas. Breeze siempre se sentaba en el regazo de su madre, así que se dejó aupar por él y ser sentada en el muslo del hombre. —Quizás si buscas un compañero tengas más ganancias.
El hombre le acariciaba la cabeza y el brazo. Breeze se recostó un poco sobre el pecho, infundida por un falso sentimiento de cariño.
— ¿Un compañero? —preguntó bajito, un poco angustiada. ¿De dónde iba a sacar a un compañero? Ella no tenía amigos. Ni siquiera conocía niños que fuesen buenos con ella. Normalmente, los chiquillos que conocía, eran como ella. Niños con madres que desaparecían por las noches o padres que ni siquiera recordaban como levantarse de la acera sin trastabillar con sus propios pies. No solían tratarla bien porque ella era más torpe y más débil, un estorbo. Sobre todo a la hora de delinquir.
— Claro, un compañero. Uno que coja las carteras y te las pase a ti, para que huyas. Si le pillan, no podrán demostrar nada porque él no tendrá lo robado. Y a ti, una vez corriendo, no hay quien te alcanze. — el hombre le pinchó con el dedo en el estomago, haciéndola reír un momento. — Eso es lo que dicen los demás.
— Pero ninguno de los chicos quiere venir conmigo.
— Tú no te preocupes por eso, yo mismo te buscaré alguien adecuado para ti. — la niña asintió agradecida, y cuando el hombre le pidió un beso en la mejilla, ella se lo dio, totalmente eufórica. Cogió el caramelo que le ofrecía y dejó que el hombre la tomase de las caderas para bajarla. Éste se despidió dándole una palmada floja en el trasero. — Recuerda que no se lo debes decir a mamá ¿Eh? A ella no le gustaría que comieses demasiados dulces.
Breeze sonrió y afirmó con la cabeza. Jamás se lo contaría a su madre. Era un secreto.
— ¿Cómo decías que te llamabas, niña? —preguntó el hombre, antes de que la niña saliese del local de objetos de segunda mano.
— Breeze Kirsch
— Muy bonito. A mí me puedes llamar Blaz.