Tenía los ojos grandes y grises como un día nublado. Inocente.
Tenía una sonrisa radiante y mellada. Infantil.
Tenia los rizos más oscuros que cualquiera hubiese visto antes. Hermosa.
Tenía la cara más sucia de toda la Grosse Freiheit. Traviesa.
Tenía el vestido de cuadros amarillos más viejo y raído de toda Alemania. Pobre.
Tenía muchas cosas antes de conocer al hombre que regalaba dulces a los niños en el puerto. Pero todo lo perdió. Incluido el vestido.
Dejó de ser inocente, porque sus ojos habían visto más de lo que deberían a su corta edad.
Dejó de sonreír, porque le dijeron que era una perdida de tiempo. Rompieron su infancia.
Dejó de ser hermosa, porque corrompieron su pequeño cuerpo.
Dejó de ser traviesa, porque con el tiempo entendió que desobedecer era sinónimo de golpe.
Y... dejó de ser pobre, a costa de todo lo demás.